En el norte minero, el nombre que figura en la cédula de identidad suele ser secundario frente al ingenio de la comunidad. Ricardo Ponce Castillo, quien trabajó en el mineral como Higienista Industrial entre 1980 y 1999, nos entrega un regalo único: una crónica de los apodos que dieron vida y color a las calles y faenas de Potrerillos.

Este documento es un acto de rescate patrimonial que nos permite volver a «pasar lista» a personajes inolvidables:

1. El Ingenio de la «Chapa» Potrerillana

El autor nos recuerda que en Potrerillos el apodo no era una ofensa, sino una forma de pertenencia. Ricardo documenta cómo el ingenio local bautizaba a los vecinos por su parecido físico, su procedencia o alguna anécdota inolvidable.

  • El parecido con la fama: Como el caso de «El Caszely» (Héctor Ubilla Gallegos), apodado así por su parecido con el seleccionado nacional, aunque, como aclara el autor con humor, «deportivamente no tenían parecido para nada».
  • El misticismo local: El recuerdo de «El Fantasma» (Juan Carlos Díaz), llamado así por los sucesos paranormales que ocurrían en su casa del sector central, donde las cosas «volaban de forma inexplicable».

2. Un Diccionario del Habla Minera

Ricardo nos regala una lección de sociología nortina al explicar el uso del término «Viejo». En Potrerillos, «viejo» no era alguien de edad avanzada, sino la forma universal y respetuosa de dirigirse a un compañero de trabajo o a alguien cuyo nombre se desconocía. Es el código de fraternidad que unía a la fundición con el campamento.

3. Los Personajes de la Faena

A través de sus páginas, volvemos a encontrarnos con figuras de la Fundición y otros sectores:

  • «El Birraña» (Emérito Troncoso), destacado arquero y maestro en los convertidores.
  • «El Mono» (Manuel Villanueva), presidente del Club Deportivo Fundición de cobre, recordado por su activo liderazgo en aniversarios y navidades.

4. Un Homenaje al Último Vecino

El regalo de Ricardo tiene un valor especial porque él fue uno de los últimos en abandonar el campamento durante la erradicación de 1999. Su relato nace de la observación directa de un mundo que se desvanecía físicamente, pero que él decidió perennizar en papel.


En conclusión, el trabajo de Ricardo Ponce Castillo es una invitación a la sonrisa y al recuerdo. Es un regalo que asegura que, mientras se pronuncien estos apodos, los «viejos» de Potrerillos seguirán caminando por la Cuesta de los Patos y trabajando en los convertidores de la memoria.

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