Hoy nos toca abrazar a la distancia —y con el corazón apretado de nostalgia— a esos hombres que se jugaron la vida por nosotros en la altura de nuestro querido Potrerillos.
Ser papá en el campamento tenía un sabor distinto. Significaba levantarse con el frío calando los huesos, ponerse el casco y salir a cumplir el turno pensando siempre en la familia. Significaba volver a la casa cansado, pero con la sonrisa intacta para jugar con los niños en la calle, o para compartir esa once en la mesa del hogar que con tanto esfuerzo sostenían.
A los «viejos» que todavía están con nosotros, que nos siguen contando las mismas historias de la mina una y otra vez (y que nosotros escuchamos felices como si fuera la primera vez): gracias por enseñarnos el valor del trabajo y el respeto.
Y a los papás que ya partieron a los campamentos celestiales, les decimos que no los olvidamos. Cada vez que entramos a elpotrerillano.cl y recordamos nuestro rincón en el mundo, sus nombres y sus esfuerzos vuelven a la vida.
Un abrazo gigante, lleno de orgullo y gratitud, para cada uno de los padres potrerillanos. ¡Se merecen lo mejor hoy y siempre!
